En el corazón de Santiago, a pasos de la Alameda, el actual Barrio París-Londres resguarda una historia que se remonta a los orígenes mismos de la ciudad. Mucho antes de que existieran sus elegantes casas de inspiración europea y sus tranquilas calles peatonales, este lugar formó parte de los terrenos cedidos a la orden Franciscana, cuya presencia está intrínsecamente ligada al crecimiento urbano desde el siglo XVI.
En los primeros años de Santiago, al sur del damero trazado por Pedro de Valdivia, se extendía una franja natural de terreno horadado por el brazo sur del río Mapocho. Este curso de agua marcaba el límite de la ciudad, una condición que se hacía especialmente evidente durante los inviernos, cuando el aumento del caudal desbordaba su cauce y transformaba el sector en una amplia quebrada inundable que se conoció como La Cañada.
A mediados del siglo XVI, mientras Rodrigo de Quiroga ejercía como teniente gobernador en nombre de Valdivia, el Cabildo dispuso que el vecino Juan Fernández de Alderete donara a los franciscanos un solar y una pequeña ermita situada al poniente del cerro Santa Lucía. Paralelamente, Pedro de Valdivia había mandado construir al sur del cerro una capilla y un hospital dedicados a la Virgen del Socorro, entregando su administración a la orden de los mercedarios.
Tras la muerte de Valdivia en 1553, y como los religiosos mercedarios que administraban la ermita del Socorro habían emprendido viaje al sur, en virtud de mantener activo el culto, el Cabildo de Santiago –aún presidido por Quiroga- permitió a los franciscanos ocupar el lugar y establecer su monasterio. Esta decisión no estuvo exenta de controversias, pues los mercedarios regresaron y reclamaron su sitio, en un bullado pleito que terminó por ser zanjado cuando la Corona Española cedió en 1572 oficialmente la ermita y sus terrenos a la orden franciscana. La concesión incluía además una no despreciable cantidad de chacras agrícolas cuya extensión llegaba hasta el actual Zanjón de la Aguada, configurando la salida sur de la ciudad.
La posesión del sitio implicaba también custodiar la imagen de la Virgen del Socorro, una de las devociones más antiguas y prestigiosas de Santiago, cuyo culto atraía limosnas y el apoyo de las élites locales. Con el paso de los años, los franciscanos consolidaron su presencia en el sector e iniciaron la construcción de un templo de mayor envergadura. Tras varias décadas de trabajo, en 1618 se completó la Iglesia de San Francisco, uno de los edificios coloniales más antiguos de Santiago. Desde entonces, todo el entorno comenzó a ser conocido como la Cañada de San Francisco, denominación que perduró durante siglos.
La iglesia presenció el terremoto Magno de 1647, que según informa Miguel Luís Amunátegui “perdió la torre, la cual al caer…derribó un excelente coro con una muy costosa sillería. Por lo que toca al convento, el terremoto respetó únicamente el piso bajo del primer claustro, cuya maciza arcada de ladrillos se mantiene hasta ahora en pie”. De esta descripción se extrae también que el templo en esa época tenía una nave principal y dos laterales que formaban una cruz, y el espacio que quedaba hacia el norte, a La Cañada, estaba destinado a cementerio, siendo identificado por una fila de cruces. Varias personalidades de esa época fueron sepultados en San Francisco, entre ellos Maria de Gaete, Francisco de León, el antiguo corregidor Antonio Alfonso de Andía Irarrázaval y posteriormente, el arquitecto italiano Joaquín Toesca.
La creación de la Alameda y el crecimiento paulatino de Santiago hacia el sur tuvieron un impacto directo sobre los terrenos de los franciscanos, que comenzaron a ser enajenados o destinados a nuevos usos públicos. Para la época republicana, de las chacras que se extendían hasta el Zanjón de la Aguada, quedaba muy poco. Uno de los predios perdidos de mayor relevancia había sido el donado en 1664 por María Viera de Núñez, donde la orden fundó el colegio San Diego de Alcalá y levantó una pequeña iglesia. Con el tiempo, este espacio dejó de pertenecer a los frailes y pasó a manos del Estado, siendo utilizado como cuartel, casa de huérfanos y cárcel. En su antiguo huerto se levantó en 1840 el edificio del Instituto Nacional, diseñado por el arquitecto Juan Herbage. Este lugar se convertiría en un hito para la arquitectura chilena, ya que allí se impartió la primera cátedra del Curso de Arquitectura de la Universidad de Chile, formando a Manuel Aldunate y a Fermín Vivaceta, considerado uno de los primeros arquitectos del país. Vivaceta se encargó en 1857 de levantar la actual torre de la Iglesia de San Francisco y, años después, participó en la construcción de la Casa Central de la Universidad de Chile, proyecto ideado por su profesor, el arquitecto francés Lucien Hénault.
Durante el siglo XIX, el sector se integró progresivamente al crecimiento urbano de Santiago. En la esquina de la vieja iglesia de San Diego se instaló el terminal de la primera línea de tranvías con carros tirados por caballos en 1857, que conectaba la calle San Diego con la Estación Central, reflejando la modernización que vivía la ciudad.
Vivaceta se encargó en 1857 de levantar la actual torre de la Iglesia de San Francisco y, años después, participó en la construcción de la Casa Central de la Universidad de Chile, proyecto ideado por su profesor, el arquitecto francés Lucien Hénault.