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El Barrio y su Historia

En el corazón de Santiago, a pasos de la Alameda, el actual Barrio París-Londres resguarda una historia que se remonta a los orígenes mismos de la ciudad. Mucho antes de que existieran sus elegantes casas de inspiración europea y sus tranquilas calles peatonales, este lugar formó parte de los terrenos cedidos a la orden Franciscana, cuya presencia está intrínsecamente ligada al crecimiento urbano desde el siglo XVI.

1554

En los primeros años de Santiago, al sur del damero trazado por Pedro de Valdivia, se extendía una franja natural de terreno horadado por el brazo sur del río Mapocho. Este curso de agua marcaba el límite de la ciudad, una condición que se hacía especialmente evidente durante los inviernos, cuando el aumento del caudal desbordaba su cauce y transformaba el sector en una amplia quebrada inundable que se conoció como La Cañada.

A mediados del siglo XVI, mientras Rodrigo de Quiroga ejercía como teniente gobernador en nombre de Valdivia, el Cabildo dispuso que el vecino Juan Fernández de Alderete donara a los franciscanos un solar y una pequeña ermita situada al poniente del cerro Santa Lucía. Paralelamente, Pedro de Valdivia había mandado construir al sur del cerro una capilla y un hospital dedicados a la Virgen del Socorro, entregando su administración a la orden de los mercedarios. 

Tras la muerte de Valdivia en 1553, y como los religiosos mercedarios que administraban la ermita del Socorro habían emprendido viaje al sur, en virtud de mantener activo el culto, el Cabildo de Santiago –aún presidido por Quiroga- permitió a los franciscanos ocupar el lugar y establecer su monasterio. Esta decisión no estuvo exenta de controversias, pues los mercedarios regresaron y reclamaron su sitio, en un bullado pleito que terminó por ser zanjado cuando la Corona Española cedió en 1572 oficialmente la ermita y sus terrenos a la orden franciscana. La concesión incluía además una no despreciable cantidad de chacras agrícolas cuya extensión llegaba hasta el actual Zanjón de la Aguada, configurando la salida sur de la ciudad.


1618

La posesión del sitio implicaba también custodiar la imagen de la Virgen del Socorro, una de las devociones más antiguas y prestigiosas de Santiago, cuyo culto atraía limosnas y el apoyo de las élites locales. Con el paso de los años, los franciscanos consolidaron su presencia en el sector e iniciaron la construcción de un templo de mayor envergadura. Tras varias décadas de trabajo, en 1618 se completó la Iglesia de San Francisco, uno de los edificios coloniales más antiguos de Santiago. Desde entonces, todo el entorno comenzó a ser conocido como la Cañada de San Francisco, denominación que perduró durante siglos.

La iglesia presenció el terremoto Magno de 1647, que según informa Miguel Luís Amunátegui “perdió la torre, la cual al caer…derribó un excelente coro con una muy costosa sillería. Por lo que toca al convento, el terremoto respetó únicamente el piso bajo del primer claustro, cuya maciza arcada de ladrillos se mantiene hasta ahora en pie”. De esta descripción se extrae también que el templo en esa época tenía una nave principal y dos laterales que formaban una cruz, y el espacio que quedaba hacia el norte, a La Cañada, estaba destinado a cementerio, siendo identificado por una fila de cruces. Varias personalidades de esa época fueron sepultados en San Francisco, entre ellos Maria de Gaete, Francisco de León, el antiguo corregidor Antonio Alfonso de Andía Irarrázaval y posteriormente, el arquitecto italiano Joaquín Toesca. 


1809
A comienzos del siglo XIX, cuando el país transitaba hacia su independencia, el entorno del convento comenzó a experimentar cambios significativos. En 1809, el fraile Javier de Guzmán y Lecaros trajo desde Mendoza las primeras varillas de álamos para embellecer el entorno del templo. Aquella acción aparentemente simple se convertiría en el punto de partida de una transformación mayor. Tras la independencia, Guzmán colaboró con el gobierno de Bernardo O’Higgins en un proyecto que buscaba convertir toda la extensión de la Cañada en un paseo arbolado para la ciudad. Los anhelos del Director Supremo quedan registrados en un decreto del 7 de julio de 1818: “Se carece de un paseo público en donde puedan congregarse las gentes por desahogo honesto y recreación en las horas de descanso, pues el conocido con el nombre de Tajamar, por su estrechez e irregularidad de terreno, lejos de alegrar el ánimo, inspira tristeza. La Cañada, por su situación, extensión, abundancia de agua y demás circunstancias es el lugar más aparente para una Alameda”.  Así nació entonces este paseo, con el nombre de Campo de la Libertad Civil, denominación que duró muy poco y fue cambiado por el mismo O’Higgins el 28 de julio de 1821 por Alameda de las Delicias.
1857

La creación de la Alameda y el crecimiento paulatino de Santiago hacia el sur tuvieron un impacto directo sobre los terrenos de los franciscanos, que comenzaron a ser enajenados o destinados a nuevos usos públicos. Para la época republicana, de las chacras que se extendían hasta el Zanjón de la Aguada, quedaba muy poco. Uno de los predios perdidos de mayor relevancia había sido el donado en 1664 por María Viera de Núñez, donde la orden fundó el colegio San Diego de Alcalá y levantó una pequeña iglesia. Con el tiempo, este espacio dejó de pertenecer a los frailes y pasó a manos del Estado, siendo utilizado como cuartel, casa de huérfanos y cárcel. En su antiguo huerto se levantó en 1840 el edificio del Instituto Nacional, diseñado por el arquitecto Juan Herbage. Este lugar se convertiría en un hito para la arquitectura chilena, ya que allí se impartió la primera cátedra del Curso de Arquitectura de la Universidad de Chile, formando a Manuel Aldunate y a Fermín Vivaceta, considerado uno de los primeros arquitectos del país. Vivaceta se encargó en 1857 de levantar la actual torre de la Iglesia de San Francisco y, años después, participó en la construcción de la Casa Central de la Universidad de Chile, proyecto ideado por su profesor, el arquitecto francés Lucien Hénault.

Durante el siglo XIX, el sector se integró progresivamente al crecimiento urbano de Santiago. En la esquina de la vieja iglesia de San Diego se instaló el terminal de la primera línea de tranvías con carros tirados por caballos en 1857, que conectaba la calle San Diego con la Estación Central, reflejando la modernización que vivía la ciudad.


Vivaceta se encargó en 1857 de levantar la actual torre de la Iglesia de San Francisco y, años después, participó en la construcción de la Casa Central de la Universidad de Chile, proyecto ideado por su profesor, el arquitecto francés Lucien Hénault.

1913
A comienzos del siglo XX, el convento de San Francisco enfrentaba graves dificultades económicas. “Tenemos que vender porque necesitamos reparar nuestro edificio, ya ve, se está cayendo solo. Volvemos la vista a nuestro alrededor y en realidad, no podemos menos que confirmar las palabras del padre. El edificio es ruinoso, vasta casa de campo de los tiempos de la colonia, con sus techos de tejas, sus corredores que rodean patios enormes, sus paredes agrietadas, ligeramente embetunadas con cal y tierra de colores. El padre prosigue con voz desganada, sin ningún ánimo de convencernos. -Esto era demasiado para nosotros. Tenemos aquí como 30 mil metros más o menos. ¿Qué hacemos con tanto terreno? Para hacer alcantarillado tendríamos que gastar una fortuna, que no tenemos, fuera de que ya no tendríamos agua para regar la huerta, la huerta que es muy grande. Sí. Uds., se ríen porque hablamos de pobreza. Nos creen ricos. Esas son fábulas, vivimos al día como nuestro padrecito de Asís. Vivimos de las limosnas. Y lo que nos sobra lo empleamos en nuestro colegio. Con el millón que recibiremos se harán reparaciones aquí y el resto se empleará en construir una buena escuela a los niños en La Granja. Vendimos como 19.000 metros, nos quedarán 10.000…”, exponía el superior del convento a la revista Sucesos en 1913.
De este modo, un extenso paño ubicado entre la Alameda, Serrano, Alonso de Ovalle y la calle San Francisco fue vendido al empresario Walter Lihn Kröpp en septiembre de 1913. Este ciudadano de origen alemán, que había trabajado en Valdivia y se casó con Elisa Döll, heredó la naviera mercante de su suegro y emprendió diversos negocios, incluida la explotación aurífera en el norte de Chile. Su intención era lotear el terreno y crear una nueva urbanización residencial. La operación provocó controversia pública, ya que implicaba la desaparición de huertos, celdas monásticas, corredores, bibliotecas y otros espacios prácticamente intactos desde el siglo XVII. No era un caso aislado: Santiago vivía en esos años una profunda transformación urbana, que también llevó a la demolición de antiguos conventos y claustros para abrir paso a nuevas urbanizaciones y edificios públicos, como el Monasterio de Santa Clara, convertido en Biblioteca Nacional, o el claustro de las Agustinas, convertido en el eje La Bolsa–Nueva York. Al oriente, la iglesia del Carmen Alto subsistía sus últimos años.

1920
Hacia 1920, Lihn enfrentó dificultades económicas que lo obligaron a vender el terreno a los empresarios inmobiliarios Ernesto Holzmann y Roberto Araya, quienes adquirieron los terrenos del antiguo convento con el propósito de desarrollar un barrio residencial. En una época en que el urbanismo estatal estaba aún en pañales, estos inversores impregnaron  a Santiago con una nueva forma de espacialidad, movimiento urbano y estética que dejó una huella imborrable.
1927
El proyecto se inspiró en las ideas del urbanista austriaco Camillo Sitte, quien proponía recuperar la escala humana y la riqueza espacial de las ciudades históricas europeas frente al trazado rígido de la ciudad industrial. Así surgió un conjunto urbano distinto al damero tradicional de Santiago, con calles sinuosas, una pequeña plaza y una arquitectura historicista que evocaba estilos medievales, neoclásicos y renacentistas europeos, en ese entonces, considerados el ideal estético. Bautizaron el conjunto como “Manzana Residencial Modelo”, pretendiendo replicarla en distintos rincones de Santiago, como una forma de transformar nuestra ciudad y dotarla de una inusitada belleza. Reconocidos arquitectos jóvenes desarrollaron el proyecto. Ernesto Holzmann, hijo se encargó del trazado y urbanización, mientras que Ricardo Larraín Bravo, Eduardo Knockaert, Alberto Cruz Montt, Ricardo González Cortés y Alberto Álamos diseñaron las viviendas que  combinaron una rica ornamentación en fachadas con adelantos modernos para la época: agua potable, alcantarillado, calefacción central, electricidad, teléfono y garajes.
Durante las primeras décadas, el barrio fue habitado por familias de profesionales, intelectuales y artistas, entre ellos los médicos Carlos Charlin Correa y Emilio Croizet, el ingeniero Marcos Orrego Puelma y el arquitecto Carlos Bresciani. En Londres 81 vivió la familia de Nemesio Antúnez, donde el artista pasó su infancia. 

1950
Con el paso de los años, la Alameda comenzó a experimentar cambios, como su ensanchamiento que inspiró, en los años 50  el argumento  central de la obra “La pérgola de las flores”, de la dramaturga chilena Isidora Aguirre. Asimismo, el barrio inició un proceso de transformación y recambio de habitantes. Muchas de las casas comenzaron a adaptarse como pequeños hospedajes, oficinas y locales comerciales, mientras algunas demoliciones alteraron la estructura original del conjunto. En el acceso por calle Londres junto a la Alameda, por ejemplo, la demolición en los años 60 de varias viviendas dio origen a un sitio eriazo que durante un tiempo fue utilizado por los Juegos Diana y partir del año 1977, se integró a la línea 1 de la red de metro, desde la Estación Universidad de Chile.
1982
Para proteger su valor histórico y arquitectónico, el barrio fue declarado Zona Típica en 1982. La municipalidad, bajo la alcaldía de Carlos Bombal, impulsó su transformación en paseo peatonal y la remodelación de la plazuela Londres. “El proyecto de remodelación que emprenderá el municipio contempla dos etapas. La primera consiste en la construcción de una plaza frente a la Iglesia de San Francisco y la habilitación del paseo peatonal hasta donde termina el museo del templo. En esta zona se instalarán baldosas de gran tamaño, bancos de piedra, árboles y en el centro, se ubicará una nueva fuente de agua. La segunda fase, para concluir esta zona peatonal, consiste en eliminar las aceras para dejarlas a nivel de los actuales adoquines de ambas calles. Esta antigua base será restaurada con el objeto de mantenerla. Terminadas ambas etapas, la municipalidad espera que los propietarios de los edificios del lugar inicien la restauración de fachadas. El arquitecto Hernán Manríquez destacó que algunos de ellos ya lo han hecho”, señalaba El Mercurio el 23 de julio de 1982. Estos esfuerzos continuaron en la década de 1990 bajo por la Municipalidad de Santiago bajo la administración de Jaime Ravinet, con apoyo de la Corporación para el Desarrollo de Santiago, y vecinos del sector, incluidos los propietarios de hoteles como  Fundador, Plaza San Francisco y Las Vegas, consolidando al barrio como un polo turístico y cultural del centro histórico de Santiago. Sin embargo, a fines de los 2000, el sector sufrió nuevamente problemas de seguridad y abandono, que se profundizaron durante los disturbios del año 2019
2026
En la actualidad, el barrio París-Londres renace gracias a distintas iniciativas turístico- culturales que nos invitan a admirar sus almenas medievales, mosaicos florentinos, portales coloniales, torres que evocan castillos europeos, frisos de copihues y balcones neoclásicos revelando la riqueza estética de su arquitectura. El Museo Colonial San Francisco, el Instituto Nacional, CEINA, Espacio Londres, partidos políticos, centros educacionales, hoteles, oficinas, viviendas y organizaciones culturales como la Sociedad de Historia y Geografía de Chile y nuestra Corporación del Patrimonio Cultural de Chile, conviven hoy en este pequeño pero sorprendente rincón de Santiago.
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