SONIA MONTECINO

ARQUTIPOS CHILENOS DE FEMENEIDAD

 

Marzo 2003

Bruja, curandera, madre, santa y prostituta: los arquetipos de la mujer en Chile se proyectan desde la tradición indígena hasta nuestra sociedad contemporánea configurando un sistema en donde la mujer, ciudadana de segunda en la esfera pública, ejerce, desde siempre, un poder que, a través de corrientes subterráneas, se apropia de los ámbitos esenciales de la vida.

Por Rosario Mena

El concepto de “género”, tan en boga y a la vez malentendido, no es otra cosa que la superación de la “mujer” como objeto de estudio, por una categoría más amplia, que no restringe la identidad sexual a las características biológicas del individuo y aborda a la mujer como sujeto de una relación entre ambos sexos, cuyas imágenes y roles son definidos culturalmente en las diversas sociedades. “No es lo mismo ser una mujer en Chile que serlo en Africa o en Alemania” señala la destacada antropóloga Sonia Montecino, académica, escritora y Directora del Centro de Estudios de Género de la Universidad de Chile.

– En el imaginario popular la mujer no sólo representa la vida por ser la madre, la que alimenta, la que cria, sino también, por ser la que sana. El oficio de la curandera parece estar más asociado a las mujeres…

– Si lo miramos en términos históricos las figuras van cambiando. Junto a la madre, que da la vida, también está antiguamente la partera, que es la que trae los niños al mundo. Y hay otras figuras asociadas a la crianza, como la nodriza y la abuela, que tienen su propia evolución. En este momento la machi, la curandera mapuche, es muy potente, pero en el pasado, hasta el siglo XVIII, los machi eran hombres, luego empiezan a ser mayoritariamente mujeres. Tiene que ver con el poder de las mujeres sobre la vida y la muerte y con su relación con la tierra. La machi utiliza la tierra, las plantas, las hierbas, y las conoce. En todo caso, en la tradición mapuche siempre hay equilibrio de fuerzas. Los antiguos machi eran seres masculinos y femeninos a la vez. El poder de curación de la machi tiene que ver con el nguichén, que es una fuerza masculina y femenina que tutela a toda la comunidad y la naturaleza. Las machis están vinculadas directamente con este espíritu y con las machis que han muerto, que tienen un poder que lo traspasan a través del sueño, que es el vehículo de comunicación. La mujer machi siempre trabaja con un traductor que es hombre, y así se restablece el equilibrio de fuerzas. Pero la figura de la curandera tiene otra cara: ella cura enfermedades que están vinculadas a un mal, ella restaura la vida. Sin embargo, su situación es ambigua, porque limita con lo malo, la brujería, porque tiene vínculos con lo sobrenatural, y esto encierra un peligro latente. Esto se extrapola a la visión popular de la mujer, que es “la bruja”. Detrás del chiste está el inconciente. Y en este caso tiene que ver con la asociación ancestral de la mujer con lo sobrenatural…

En la mayoría de los casos, en Chile son las mujeres, las madres, las que llevan adelante los hogares, las que se encargan de los hijos, las que permiten la sobrevivencia de la especie… ¿Se puede hablar de un tipo de matriarcado?

– No podemos hablar de matriarcado. Porque eso es opuesto a patriarcado. Patriarcado significa que el poder organizado es masculino. Matriarcado, entonces significaría una sociedad donde mandan las mujeres. Y eso no es así. Ahora, el hecho de que las mujeres no estén en el dominio de lo público, no implica que no tengan poder, su poder es muy grande en el ámbito de lo privado y se traspasa a los espacios de poder femenino que se generan en el ámbito público. Eso provoca temor en el mundo masculino, porque si las mujeres dominan en lo privado pueden extender su dominio a lo público. La madre es, en cualquier caso, una figura muy potente, que está disociada del cuerpo erótico, centrada en la crianza y en la protección. La madre no sólo es la que reproduce biológicamente, también es la mujer con el atributo de la acogida, la solidaridad, el afecto. Una de las personas que ha contribuido más a la construcción de esta figura es Gabriela Mistral. Ella no es una madre biológica, es una madre literaria que construye a una madre, que también está asociada con la tierra. El poder femenino siempre tiene que ver con las corrientes subterráneas de las que hablábamos con respecto a lo sobrenatural , a la reproducción y a la madre tierra. De hecho en la cosmovisión mapuche, el concepto de la ñuke mapu, equivalente a la madre tierra, que ancestralemente es una figura femenina y masculina al mismo tiempo, cada vez privilegia más la dimensión femenina, en el sentido de la pacha mama. Si tú piensas en las hermanas Quiltremán, que están en el alto Bio Bio, ellas son dos mujeres cuya misión es la defensa de la tierra.

Chilenos “amamados”

– En la idiosincrasia chilena y latinoamericana es notorio, en todas las clases sociales, el peso de la imagen de la mujer como la madre protectora del hogar, y del hombre como el padre ausente. Esto se transmite de generación en generación…

– Como decía Jorge Guzmán, el problema de los chilenos es que somos “amamados.” Hay un rasgo de dependencia de los hombres con respecto a las mujeres, que se asocian con la madre. Las mujeres siempre son las que cuidan, arrullan y alimentan a los hombres. Eso genera un tipo de personalidad bastante complejo, porque tras una apariencia de poder masculino se oculta una enorme dependencia. El hombre depende de la mujer en un sentido vital. El hombre solo generalmente no es capaz de formar hogar, mientras que la mujer sí. Eso es latinoamericano, pero en Chile está muy acentuado. La cosa chilena es como un juego, una dependencia total pero en la apariencia de que no hay dependencia. El hombre chileno, ni siquiera discursivamente asumiría su dependencia de la mujer, que finalmente, es la dependencia de la madre. Eso conduce también a un problema con la paternidad. El rol de madre de la mujer es tan absoluto que el padre se vuelve casi prescindible. Las estadísticas indican que las madres solteras han aumentado mucho en las clases medias y altas y se han mantenido en el mundo popular. Y la verdad es que tampoco queda mucho prejuicio al respecto. Lo que ocurre es que hay un rol asumido que nos posibilita esa opción, porque la mujer siempre ha sido padre y madre, casada o no. Son raros los casos de padres que están preocupados de los asuntos cotidianos y domésticos de sus hijos, de su desarrollo, etc. La pregunta es la siguiente: si las mujeres entramos al ámbito público con este cuento de padre y madre autosuficientes, ¿cómo esta cultura va a permear el mundo de lo público en unos años más? Lo que yo veo ahora son muchos conflictos de poder. En el ámbito intelectual hay mucha competencia y conflicto entre hombres y mujeres.

Honorables abuelas

– Da la impresión de que en la cultura popular chilena, especialmente rural, la abuela ocupa un lugar muy central, al unir las facultades maternales con la experiencia de la vida…

– Absolutamente. Y hay una condición general que contribuye a esto, y es que el vínculo con los abuelos es de una entrega mucho más libre que el vínculo con los padres, que es más conflictivo, porque hay dependencia, rebelión, etc. En la sociedad latinoamericana y chilena es común que la abuela sea la que cria a los niños porque hay una gran cantidad de madres solteras, que entregan a los hijos a sus madres. Las mujeres de campo que se van a trabajar a la ciudad dejan a los hijos con la abuela. La abuela es una madre sustituta que a la vez ocupa un sitial simbólico: representa la tradición, el regazo y además la reproducción, en el sentido de que posibilita la sobrevivencia de los otros, los alimenta, los sostiene .En el mundo mapuche, en el mundo aymara y en el mundo campesino, la abuela ocupa un lugar muy importante. Reune todos los atributos femeninos y suma a ellos la experiencia y la sabiduría, por lo tanto su poder es mayor. Es merecedora de un gran respeto.

Madre divina

– Está claro que en la religiosidad popular latinoamericana y chilena es mucho más importante la figura de la virgen, que la figura del padre, el hijo o el espíritu santo, que conforman la santísima trinidad… ¿Esto tiene también que ver con las potencialidades femeninas y con el peso gravitante de la figura de la madre?

– En el mundo aymara hay divinidades masculinas y femeninas separadas. En el mundo mapuche están unidas. En cualquier caso, el sincretismo entre lo indígena y lo español se produce sobre todo entre divinidades femeninas. La figura de Cristo queda desplazada, la mujer es la fuerza creadora. Cristo es el crucificado, el hijo sufriente de la madre protectora. Hay una suerte de homologación con la realidad: las mujeres están solas con los hijos, la Virgen María legitima este sistema.

– Y también está la idea de que la virgen es una figura que no tiene poder público, sino que está a la sombra, es la que cuida a Jesús, y por lo tanto está del lado de los pobres, de los oprimidos y los puede proteger…

– Si, ese tipo de hipótesis son la que plantea el historiador Maximiliano Salinas, al enfocar la religiosidad popular latinoamericana como una religión del oprimido. En todo caso, la virgen es un referente de identidad colectiva. Si todos somos desamparados, huachos, huérfanos, la madre, la virgen, nos unifica. Es una madre común.

Patrimonio del machismo

– ¿En su opinión qué imágenes machistas se han consolidado en el patrimonio cultural tangible e intangible?

– Varias, de partida en el mundo mapuche los hombres pagan con dinero, con productos, con un caballo, a la familia de la mujer con que se van a casar. Las jóvenes actualmente se resisten a esta tradición, ya que sienten que si las compraron pueden hacer lo que quieran con ellas. Otra expresión patrimonial machista es la del rodeo, el huaso a caballo es una extensión del hacendado. Hay una puesta en escena del poder del hombre en el campo. También en la mitología popular hay muchos cuentos y leyendas que son completamente machistas, sobre todo los que están relacionados con el mundo minero. El hombre es el héroe que sortea todas las dificultades solo.

Damas y prostitutas

– Y hablando de la vida de los mineros, fuera del relato queda la figura de la prostituta, una figura femenina imprescindible históricamente…

– Sí, es un tema inexplorado, un tema precioso para una investigación.

– Una figura legitimada, que siempre ha funcionado como parte de la permisividad con la poligamia y la infidelidad masculina…

– Sí, se puede decir que ha habido una cultura poligámica. Desde el siglo XVII hay instituciones que han dado paso a toda la hipocrecía y el doble standard chileno. La barraganía es una de estas instituciones socialmente aceptadas. El hombre tenía su casa y su esposa y además tenía la barragana, que es otra mujer con la cual puede o no tener casa. Después también se usó que el tipo podía tener unas concubinas indígenas en su casa. Para la esposa era normal. Después, en la hacienda, el patrón o el hijo del patrón tienen relaciones con las inquilinas. Esto tiene que ver con la formación de las clases sociales y las segmentaciones. Al tipo le daba prestigio casarse con una española o con una criolla blanca, pero también deseaba a las de abajo, con las que no se podía vincular socialmente.

– Un tema hasta hoy muy recurrente en Latinoamérica, se puede ver en las teleseries…

– Claro, el patrón o el blanco desea a la empleada o a la indígena, pero no quiere o no puede legitimar socialmente el vínculo. Entonces la sociedad le permite canalizar el deseo, cosa que jamás se le permitiría a una mujer. Eso se ha ido extendiendo hasta mediados de la década de los cincuenta, cuando todavía funcionaba la institución social de las “queridas”, que eran amantes oficiales. Ahora esto continúa, pero todo es mucho más sumergido, y más turbio. No existe la legitimación abierta.

Mitos funcionales

– En todo caso continúa el mito de que el hombre tiene más deseo sexual que las mujeres y eso justifica en parte la infidelidad… ¿Qué otros mitos reconoce?

– Claro, está el mito de que los hombres son como más animales. Los hombres tienen un erotismo desbocado. Esto se contrapone a la figura de la madre, que no es sexual, sino afectiva, contenedora , y se liga con el mito de la prostituta. El hombre se satisface con la prostituta, no con la esposa. Porque la prostituta es animal como él. Otro mito es que la mujer es más sensible, más emotiva, cuando hay tipos tanto o más histéricos, sensibles y emotivos que algunas mujeres. En el fondo estos mitos vienen a legitimar el sistema…

– Tal vez uno de los problemas más preocupantes de la sociedad chilena actual sea el de la violencia intrafamiliar. Aquí se impone un estereotipo muy fuerte de la mujer víctima…

– La lectura más básica es que la mujer es la oprimida, la débil. Entonces el hombre es el que manda, y si ella no obedece, le pega. Un segundo nivel es decir que la gente violenta vivió en un hogar violento y reproduce esa conducta. Está bien, pero eso no nos explica nada. La violencia intrafamiliar hay que analizarla separadamente según los contextos sociales, porque las manifestaciones y las causas son muy diversas. Además hay que estudiar la violencia en sí, como fenómeno genérico, y cómo ésta es legitimada o percibida en los distintos medios sociales. Creo que Chile es un país super violento, con una historia muy violenta. Es elocuente la imagen de Inés de Suarez decapitando a los mapuches y poniendo las cabezas en unas lanzas que las dejó ahí para que los otros se aterrorizaran. Esa es nuestra heroína mujer. El tema es cómo en nuestro país se ha ejercido la violencia y cómo se ha legitimado como forma de resolver conflictos. También hay que estudiar la violencia psicológica y todas las conductas violentas que son concebidas como normales y que van agravando las cosas. La violencia la ejercen los hombres contra las mujeres, las mujeres contra los hombres y contra los hijos. Hay un dicho popular que de hecho, legitima la violencia: “Quien te quiere te aporrea”. Lo que hay detrás de esa frase es un tema de poder. Si yo te quiero, tengo poder sobre ti y puedo aplicar violencia. En esa línea podemos llegar a justificar, por ejemplo, el golpe militar. Podemos decir que Pinochet nos quería tanto, que para ponernos en el camino correcto tenía que ejercer violencia… Es un dicho peligroso.

Libros de Sonia Montecino

Autora de los libros Los sueños de Lucinda Nahuelhual, 1983; Ya me voy de este pueblo tan querido, 1984; Mujeres de la Tierra, 1984; Quinchamalí, Reino de mujeres, 1985; El zorro que cayó del cielo, 1986; La Revuelta, 1988; Madres y Huachos. Alegorías del Mestizaje Chileno, 1991; Sangres Cruzadas. Mujeres Chilenas y Mestizaje, 1993; Ritos de vida y muerte. Brujas y hechiceras, 1994; Sol Viejo, Sol Vieja. Lo femenino en la cultura mapuche. 1996; Modelando el barro. Celos y sueños de la alfarería, 1996 Palabra dicha. Ensayos sobre identidades, género y mestizaje. ,1996; Sueño con Menguante. Biografía de una Machi., 1999; Juego de Identidades y Diferencias: Representaciones de lo masculino en tres relatos de vida de hombres chilenos, 1999. Además es coautora en numerosas publicaciones y ha escrito gran cantidad de artículos científicos y de prensa.