ENTREVISTA A GABRIEL VALDÉS

A dias del sexto aniversario de su muerte, destacamos la entrevista realizada en 2009 al político y diplomático Gabriel Valdés.

“La cultura, y no la economía, es la razón de ser de una sociedad”

Que la clase popular chilena es el baluarte de la cultura en un país dirigido por la mentalidad economicista es una de las ideas centrales que vierte en esta entrevista el abogado, ex Canciller, ex embajador de Chile en Italia, Secretario de Naciones Unidas, Presidente del Senado y de la Democracia Cristiana, Gabriel Valdés Subercaseaux. El autor de la Ley de Donaciones Culturales asegura que ésta ha dado escasos frutos en el país, además de haber sido “castigada” con su modificación en 2001. Miembro de la Comisión Bicentenario, se confiesa poco esperanzado con el tema y partidario de una acción a gran escala “que remueva al país desde adentro”. Algo que, según él, ocurrió por última vez con el plebiscito del año ’90, “que fue gratis y espectacular”.

Por Rosario Mena

Hija del embajador de Italia en Roma, su madre, Blanca Subercaseux Errázuriz, se educó en Italia. En Roma, Gabriel Valdés Subercaseaux cursó la secundaria; allí su hermana mayor se casó con un italiano; allí formó parte de la devoción familiar a San Francisco de Asis, de la mano de su tío, el famoso monje Pedro Subercaseaux; conoció el idioma y los pueblos de la península; la cultura y la historia del Viejo Continente; entabló estrechas amistades y volvió en varias ocasiones durante su vida. De esto sabía Michelle Bachelet cuando, en 2006, lo nombró Embajador de Chile en Italia. Cargo al que renunció en 2008 para regresar a su país, en donde ha estado dedicado a redactar sus memorias, que seguramente, verán la luz en 2010.

– ¿Por qué dejó la Embajada en Roma, siendo que ahí estaba como pez en el agua?

– No tengo una respuesta clara. En realidad estoy arrepentido. Por una parte, eché de menos aquí. En segundo lugar, mi señora (Silvia Soublette, directora del Instituto de Música de Santiago), tiene su actividad aquí. Además, yo no tengo una vocación diplomática, se hace mucha vida social y yo tengo otros intereses. Y estoy escribiendo cosas que tienen relación con Chile… Pero igual me arrepentí, porque podría haberme quedado un poco más. Me arrepiento de haberme venido, pero estoy feliz de estar en Chile. Quiero mucho mi país, sobre todo Valdivia. De niños, siempre fuimos a veranear al sur, de diciembre a marzo. Primero a Puerto Varas, después a Purén y después a Valdivia. Teníamos botes, caballos, amistades, mucha actividad.

– Usted siempre ha puesto a Valdivia como un ejemplo de urbanismo…

– Ejemplo de urbanismo y de una sociedad alejada de Santiago, con mucha autonomía, mucha vida cultural, orquestas, teatro. Las familias alemanas que llegaron eran gente muy culta, que vino por razones políticas y no económicas, como en otros lugares de Chile.

Usted fue por dieciséis años senador por la X región, desde la llegada de la democracia hasta el 2006, y luego fue uno de los impulsores de la creación de la nueva Región de los Ríos, con capital en Valdivia…

– Viví en una isla muy bonita, en el Río Cruces, con casas, animales, gallinas, frutales. Silvia iba de vez en cuando, pasábamos el verano allá. Yo viajaba todos los fines de semana. Luché por la autonomía de Valdivia, a la cual yo estuve acostumbrado desde siempre. Era lejos la mejor ciudad del sur. A Puerto Montt le decíamos “la caleta”.

Más ideas que política

Ex Canciller, Presidente del Senado, Secretario General de Naciones Unidas, Presidente de la Democracia Cristiana , fundador de la Alianza Democrática (germen de la Concertación) y embajador de Chile en Italia, país en donde cursó sus estudios secundarios, Gabriel Valdés insiste en afirmar que no tiene vocación diplomática ni política.

– Parece que la gente opina lo contrario. Incluso muchos hubiesen querido verlo vistiendo la banda presidencial…

Mi abuelo y mi abuela eran gente muy líder y muy activa socialmente. Mi madre creció en un ambiente de mucha lectura, mucha música. Yo me crié entre gente muy destacada en el mundo intelectual y cultural. Como vivimos mucho en Europa, nos separamos del ambiente político chileno. En el año 34 conocí a Eduardo Frei Montalva y a Manuel Garretón, que habían ido a un encuentro estudiantil a Roma, y cuando volví a Chile me metí a la Juventud Conservadora, y allí se desarrolló la Falange. Yo no tenía vocación política, pero me gustaba mucho la ideología. Y fui asumiendo cargos: primero fui dirigente local, después de Santiago, y después Frei Montalva me nombró Canciller en su gobierno. Luego fui Secretario General de Naciones Unidas. Cuando volví, Frei me pidió asumir la presidencia del partido y formamos la Alianza Democrática. Después fui al Senado. Es decir, he hecho una carrera política larga, pero no al centro de la política, sino más bien, al sesgo. No he tenido una vocación de escalar en política, sino más bien intelectual.

– Llama la atención, cuando uno va a los orígenes de la Democracia Cristiana, de la cual usted fue Presidente, y se encuentra con la Falange Nacional, de la cual usted fue fundador. Un partido que surge de la juventud que opone su sentido de justicia al continuismo de la estructura social fomentado por el Partido Conservador. Y de ahí nace la Democracia Cristiana, formada por un grupo de gente profesional muy preparada y muy comprometida con el humanismo cristiano. Independiente de la debacle del partido, ¿cree que este patrimonio ético de nuestra política, se puede proyectar hoy en día?

– No, faltan líderes. Falta ideología, el país está invadido por el mercantilismo. La economía ha asumido un lugar protagónico que no le corresponde, no es la razón de ser de la sociedad, sino la historia, la cultura, la geografía. Hay pérdida del liderazgo, y esta es una crisis en toda América Latina.

De la Alianza Democrática, que surge de la Democracia Cristiana, cuando usted la preside, nace la Concertación de Partidos por la Democracia. Usted es una pieza clave en la transición democrática chilena… ¿Cree que ésta quedará inscrita en la historia de la política internacional?

– Absolutamente. Chile tenía fama de ser un país democrático y organizado, y de pronto viene el golpe militar. Eso produjo gran horror en Europa. Chile fue un foco de atención muy grande en el mundo entero. Yo recibí a mucha gente extranjera, que vino para ayudar. A Chile se le exigía un estándar más alto de lo que caímos. Fue motivo de preocupación, mucho más que otros países latinoamericanos a los que se les perdonan muchas cosas. A la transmisión del mando a Aylwin vino mucha gente importante de todo el mundo. El triunfo del plebiscito fue muy celebrado en el mundo entero. El ser capaz de haber salido sin violencia de una dictadura es un gran ejemplo, un gran legado de Chile para el mundo.

Dirigentes economicistas

Su “cepa” aristocrática, cultivada desde la niñez en El Llano – donde se crió en la Viña Subercaseaux, con su abuelo Ramón Subercaseaux – y su pertenencia a una familia de destacados creadores, especialmente en el ámbito de la música (desde su esposa, la cantante lírica y compositora Silvia Soublette; su cuñado, el famoso compositor y Premio Nacional de Música, Alfonso Letelier, hasta su hijo, el director de orquesta Maximiliano Valdés) no impiden a Gabriel Valdés declarar, sin vacilaciones, que los grandes creadores de nuestra cultura han surgido del pueblo y no de las clases dirigentes y acomodadas. Y que las universidades no han asumido la responsabilidad que les corresponde en la cultura.

– ¿Es el pueblo más culto que la clase culta?

– Sí. Mi preocupación es cómo vamos a resistir la globalización con esta vida cultural tan débil que tenemos. Más fuerte es la brasilera, la mexicana, la peruana. Chile es un país indefenso en materia cultural. La preocupación no es reforzar la base productiva de la cultura. El pueblo tiene una fuerza cultural que está oculta. Nuestros grandes artistas han venido de clases populares: Neruda, Mistral, Violeta Parra. Gente que ha hecho una contribución extraordinaria a la cultura universal. Que conocí de cerca. La Mistral vivió en mi casa mucho tiempo, en Italia, y yo fui muy admirador de Violeta. Mucha música compuesta por ella, fue traducida por Gastón Soublette, mi cuñado (hermano de su esposa, Silvia). En niveles dirigentes no se ha dado. Siempre me ha preocupado cómo robustecer la cultura, que es lo único que puede sostener la unidad social. Santiago tiene mucho más extensión que Paris, pero no tiene identidad. Hay una distancia absoluta entre La Cisterna y La Dehesa. Los gobiernos están preocupados de la economía pero no de los valores propios. Aquí la gente no se junta, se construyen muros alrededor de las casas. Hay mucho aislamiento.

– Además del empobrecimiento cultural que han sufrido las ciudades en regiones…

– Es verdad que Chile fue una colonia pobre, no rica como Perú o Ecuador, pero, de todos modos, en el pasado teníamos mucha cultura en las regiones. Talca era una gran ciudad; Concepción, estupenda; La Serena tenía una gran vida. Hoy están bajoneadas. Las mujeres de Talagante hacían cosas extraordinarias, se ha perdido. En mi época Antofagasta tenía mucha importancia por el salitre, y tenía una sociedad extranjera muy activa; Valparaíso era capital, hoy día da pena; Concepción era tanto como Santiago. Una serie de factores, como la concentración de los bancos, de la política, de la prensa, en Santiago, hacen que no se haya alcanzado una unidad, que permita que vivir en provincias sea una opción tan buena como lo es en Francia, en España, en Italia o en Estados Unidos.

– ¿Dónde cree usted que hay que poner el acento de las políticas culturales. En el acceso, la infraestructura, la creación?

– El fomento cultural es muy escaso y no puede hacerse sólo en la exhibición. Hay que estimular la creación. Un buen ejemplo son las Orquestas Juveniles. Luisa Durán de Lagos hizo un gran trabajo. Hay entusiasmo en la juventud y muchos niños y jóvenes que participan.
Hoy no tenemos grandes creadores en la música ni en las artes visuales. Lo mismo pasa en la literatura. Además de que se lee poco. La democratización del país ha avanzado en la autonomía de las personas, pero no es una autonomía enriquecida. La clase dirigente chilena es muy economicista. En Valparaíso no hay teatro, el Municipal de Santiago es muy chico, el de la Universidad de Chile es miserable. De las 60 universidades que hay en Chile, donde se educan economistas, sociólogos, periodistas, sólo dos o tres forman músicos y artistas. Los conservatorios que hay son chicos y los jóvenes que estudian música no saben que hacer. Es importante tener más teatros.

¿Estaría de acuerdo, entonces, en aumentar la infraestructura cultural? Por ejemplo, dicen que el Centro Cultural Gabriela Mistral, en el ex Diego Portales, se orientará a las artes escénicas. Por otro lado, se critica estas grandes inversiones argumentando el poco público que consume cultura. ¿Qué opinión le merece?

– Está muy bien que se construyan espacios para la cultura. Espero que sea bien hecho, hay que tener cuerpos estables. La Universidad de Chile tiene capacidad para alimentar eso. Pero el problema es que las clases dirigentes chilenas no están preocupadas del arte. El Teatro a Mil es extraordinariamente bueno, y ha sido manejado muy inteligentemente por dos o tres personas del mundo privado. La clase dirigente chilena está demasiado preocupada de la economía.

Ley castigada, cultura vulgarizada

Si bien, desde su promulgación, en 1990, la Ley de Donaciones Culturales, más conocida como Ley Valdés, ha sido cada vez más conocida y utilizada por las empresas, su difusión y aplicación es totalmente insuficiente en opinión de su autor. A ello se suma la restricción que provocó en las donaciones la modificación realizada en 2001, que implicó mayor fiscalización a los aportes de las empresas a la cultura acogidos a beneficios tributarios.

– ¿Cómo evalúa el desarrollo que ha tenido la Ley de Donaciones Culturales, llamada Ley Valdés en homenaje a usted?

– Yo traje de Estados Unidos el ejemplo de las donaciones culturales, porque allá todo funciona en base a los privados. Rockefeller es el principal exponente de esto. Yo fui miembro del directorio de la Fundación Rockefeller. Aquí se limitó la ley, no hubo una propaganda adecuada. No se alcanzó a difundir en todos los niveles, en los pueblos chicos, donde los empresarios podrían haber financiado proyectos locales. En 2001, el Ministerio de Hacienda castigó la ley por la actuación de algunas universidades. La restringieron mucho. Son pocas las platas que se mueven. Las mineras son las que más la utilizan, porque están manejadas por extranjeros. Pero nada desde Santiago al sur es financiado por Ley de Donaciones. No es un tema que esté inserto en la sociedad. No se ve que una señora consiga plata con un empresario, grande o pequeño, para comprar un piano. Estamos muy atrasados y muy vulgarizados, basta ver el gran festival chileno, el Festival de Viña del Mar cómo ha ido decayendo.

– ¿Decepcionado?

– Sí, dentro de lo pobre que siempre fue el Festival, había gente como Julio Zegers que hacía música. Hoy es un espectáculo de cosas importadas, que no aporta nada desde el punto de vista cultural. En Francia, en Suecia y en Italia hay muchos festivales de música por todos lados. Mi hijo (el director de orquesta Maximiliano Valdés), no para de ir de un lado a otro. El arte es la expresión de la satisfacción de necesidades humanas y estoy lejos de pensar que estamos satisfaciendo la necesidad espiritual del pueblo de Chile. Los cines disminuyen. La televisión es de las más vulgares del mundo, no aporta al pensamiento, salvo raras excepciones, como Cristian Warnken y otras cosas. En Europa es un instrumento de irradiación, muchos canales no tienen avisos… En general, hay muchos factores que aplastan y pocos que levantan. Los certámenes pictóricos de Valdivia eran muy valiosos, ahora no hay nada; en Osorno no hay teatro. Hay mucha pobreza debido al economicismo.

¿Falta que realmente sea un tema de país para la clase dirigiente, no sólo inscrito en un ministerio de cultura?

– Me di cuenta del valor de la cultura con una experiencia que hice en los años 80. Antes del plebiscito junté a un grupo de amistades, entre los que estaban Nemesio Antúnez, Schlomit Baytelman, Raúl Zurita, Raquel Barros, y los invité a hacer una gira por Chile. No se podía hacer política. En todos los pueblos y ciudades la gente decía “que hable el poeta, que hable el pintor, que salga la actriz y la cantora”. La gente aspira a mucho más de lo que recibe. Este país no está satisfecho en cuanto a la cultura. La gente del pueblo es la que más quiere cultura. Desde el punto de vista urbano se ha perdido mucho. Se han hecho caminos para los autos no para la gente. La conducción política no ha sabido usar el arte como instrumento, salvo algunas personas, que lo han percibido así, como Ricardo Lagos, que hizo bastante en ese sentido.

Bicentenario ecológico

– ¿Qué le parecería importante como iniciativa para celebrar el Bicentenario en 2010?

– Tengo algunas ideas pero no quiero embarcarme a hacerlas yo. Creo que hay que hacer cosas grandes, no iniciativas aisladas, ni tampoco libros de historia, porque nuestra historia no es muy grande, salvo la guerrera, que es estupenda. Es una historia bastante fome. La militar, brillante. Tengo una idea que la consulté y a todo el mundo le parece estupenda, pero nadie la va a hacer. En el mundo entero estamos preocupados del medio ambiente, del aire, de los recursos. Mi idea es que cada chileno plante un árbol. Pregunté y hay árboles. En un año se pueden producir arbolitos suficientes. Si los bomberos, los carabineros, los estudiantes, los jóvenes, todo el mundo se organiza, busca un lugar y, durante dos días, todo el país se paraliza sólo para plantar árboles, daríamos un ejemplo en el mundo de que realmente somos un país al cual le importa la tierra, el ambiente, la naturaleza. Sería grandioso.

Hay muchas cositas chicas. Yo estoy en la Comisión Bicentenario, me llegan papeles, pero ninguno importante. Hay que hacer algo que remezca desde el interior, como remeció al país el plebiscito, que fue gratis y espectacular. Después de eso no se han hecho cosas grandes. Este país está muy achicado. El gran broche es el Festival, donde vienen unos extranjeros que zapatean y hacen unas contorsiones raras… La gente brama de felicidad, pero no queda nada, porque no hay creación chilena, en su época había música chilena. No hay gente de poder, empresarios, ministros que se junten para ver qué hacer. Cada uno está en su negocio, y más en momentos de crisis. No tengo mucha confianza en el Bicentenario. Las Fuerzas Armadas podrían hacer algo grande. Si juntáramos todos los valores que tiene Chile podríamos hacer una cosa muy grande, muy valiosa. Más que construcciones físicas, es una actitud de la gente, juntar a la gente: la de arriba con la de abajo, las de distintas provincias, más allá del fútbol.

Arraigo europeo

– Hablemos de familia y de memorias. Su abuelo, Ramón Subercaseaux, al igual que usted lo está haciendo ahora, redactó unas memorias repletas de interesantes experiencias, encuentros y viajes. Su madre, Blanca, escribió la vida de su abuela, Amalia Errázuriz.

– Mi abuelo, que era embajador, viajó 29 veces a Europa. Estuvo dos años y medio completos arriba de un barco y escribió las memorias de sus 80 años. Mi mamá tenía muy buena pluma y escribió varios libros, entre ellos la historia de mi abuela, que era muy religiosa, muy severa, muy antigua. La familia Errázuriz se dividió en una rama laica, la de Federico Errázuriz, y otra católica, de donde salió el arzobispo, Maximiano y otros. Se tomaban las cosas muy en serio, ahora nadie se toma nada en serio.

Este arraigo tan grande con Europa, antes de la Guerra, en un momento de tanta esfervescencia creativa, debe explicar la importancia que tiene la cultura en la familia…

– Sí. Era una familia muy europea. Mi padre era ingeniero, y estudió en Europa. El era muy culto, y muy músico: tocaba el cello y el órgano. La música y la pintura eran muy importantes en la casa. Yo fui el menos músico. Era una época de mucha vida cultural en Europa, que era muy cercana a nosotros. Había mucha influencia en Chile, en la moda, en la música. Y esa vinculación fue muy fructífera para el arte, para la Escuela de Bellas Artes, por ejemplo. Después nos desvinculamos y nos ligamos a Estados Unidos, que aporta tecnología pero de cultura, nada. A pesar de estar muy lejos, Europa estaba muy cerca. Muchas familias se educaron allá. Por ejemplo, los Larraín García Moreno, que eran amigos míos. A Sergio Larraín (fallecido Premio Nacional de Arquitectura, Fundador del Museo Chileno de Arte Precolombino y ex Embajador de Chile en Perú) yo se lo propuse a Frei para la embajada en Perú. El era un líder cultural. Era un hombre de mucha riqueza intelectual. Nunca fue político.

– ¿Qué le gustaría transmitir con sus memorias? ¿Qué le gustaría que el lector sintiera?

– ¡Qué vida tan entretenida! Eso me gustaría: que fueran unas memorias entretenidas. He tenido una vida llena: fui campeón de tenis, de gimnasia, fui scout, hice viajes, todo lo imaginable. Y me gustaría transmitir fidelidad a ciertos principios y valores, que son los religiosos y los artísticos. Una devoción a la cultura y al arte, que sostiene por encima de las realidades de la vida. La cultura es una ventana para mirar al cielo, con los pies en la tierra. La cultura es la comunicación entre el cielo y la tierra. La libertad es el elemento fundamental del ser humano, su primera cualidad, lo que nos separa de los animales, la libertad de pensamiento y de acción. La destinación superior de esa libertad, eso de mirar hacia el cielo, a mí me ha inspirado mucho. Si pudiera, feliz viviría cien años más. Siempre encuentro gente de gran altura. Y siento que se abre un gran potencial de libertad que no se está aprovechando…

A dias del sexto aniversario de su muerte, destacamos la entrevista realizada en 2009 al político y diplomático Gabriel Valdés.

“La cultura, y no la economía, es la razón de ser de una sociedad”

Que la clase popular chilena es el baluarte de la cultura en un país dirigido por la mentalidad economicista es una de las ideas centrales que vierte en esta entrevista el abogado, ex Canciller, ex embajador de Chile en Italia, Secretario de Naciones Unidas, Presidente del Senado y de la Democracia Cristiana, Gabriel Valdés Subercaseaux. El autor de la Ley de Donaciones Culturales asegura que ésta ha dado escasos frutos en el país, además de haber sido “castigada” con su modificación en 2001. Miembro de la Comisión Bicentenario, se confiesa poco esperanzado con el tema y partidario de una acción a gran escala “que remueva al país desde adentro”. Algo que, según él, ocurrió por última vez con el plebiscito del año ’90, “que fue gratis y espectacular”.

Por Rosario Mena

Hija del embajador de Italia en Roma, su madre, Blanca Subercaseux Errázuriz, se educó en Italia. En Roma, Gabriel Valdés Subercaseaux cursó la secundaria; allí su hermana mayor se casó con un italiano; allí formó parte de la devoción familiar a San Francisco de Asis, de la mano de su tío, el famoso monje Pedro Subercaseaux; conoció el idioma y los pueblos de la península; la cultura y la historia del Viejo Continente; entabló estrechas amistades y volvió en varias ocasiones durante su vida. De esto sabía Michelle Bachelet cuando, en 2006, lo nombró Embajador de Chile en Italia. Cargo al que renunció en 2008 para regresar a su país, en donde ha estado dedicado a redactar sus memorias, que seguramente, verán la luz en 2010.

– ¿Por qué dejó la Embajada en Roma, siendo que ahí estaba como pez en el agua?

– No tengo una respuesta clara. En realidad estoy arrepentido. Por una parte, eché de menos aquí. En segundo lugar, mi señora (Silvia Soublette, directora del Instituto de Música de Santiago), tiene su actividad aquí. Además, yo no tengo una vocación diplomática, se hace mucha vida social y yo tengo otros intereses. Y estoy escribiendo cosas que tienen relación con Chile… Pero igual me arrepentí, porque podría haberme quedado un poco más. Me arrepiento de haberme venido, pero estoy feliz de estar en Chile. Quiero mucho mi país, sobre todo Valdivia. De niños, siempre fuimos a veranear al sur, de diciembre a marzo. Primero a Puerto Varas, después a Purén y después a Valdivia. Teníamos botes, caballos, amistades, mucha actividad.

– Usted siempre ha puesto a Valdivia como un ejemplo de urbanismo…

– Ejemplo de urbanismo y de una sociedad alejada de Santiago, con mucha autonomía, mucha vida cultural, orquestas, teatro. Las familias alemanas que llegaron eran gente muy culta, que vino por razones políticas y no económicas, como en otros lugares de Chile.

Usted fue por dieciséis años senador por la X región, desde la llegada de la democracia hasta el 2006, y luego fue uno de los impulsores de la creación de la nueva Región de los Ríos, con capital en Valdivia…

– Viví en una isla muy bonita, en el Río Cruces, con casas, animales, gallinas, frutales. Silvia iba de vez en cuando, pasábamos el verano allá. Yo viajaba todos los fines de semana. Luché por la autonomía de Valdivia, a la cual yo estuve acostumbrado desde siempre. Era lejos la mejor ciudad del sur. A Puerto Montt le decíamos “la caleta”.

Más ideas que política

Ex Canciller, Presidente del Senado, Secretario General de Naciones Unidas, Presidente de la Democracia Cristiana , fundador de la Alianza Democrática (germen de la Concertación) y embajador de Chile en Italia, país en donde cursó sus estudios secundarios, Gabriel Valdés insiste en afirmar que no tiene vocación diplomática ni política.

– Parece que la gente opina lo contrario. Incluso muchos hubiesen querido verlo vistiendo la banda presidencial…

Mi abuelo y mi abuela eran gente muy líder y muy activa socialmente. Mi madre creció en un ambiente de mucha lectura, mucha música. Yo me crié entre gente muy destacada en el mundo intelectual y cultural. Como vivimos mucho en Europa, nos separamos del ambiente político chileno. En el año 34 conocí a Eduardo Frei Montalva y a Manuel Garretón, que habían ido a un encuentro estudiantil a Roma, y cuando volví a Chile me metí a la Juventud Conservadora, y allí se desarrolló la Falange. Yo no tenía vocación política, pero me gustaba mucho la ideología. Y fui asumiendo cargos: primero fui dirigente local, después de Santiago, y después Frei Montalva me nombró Canciller en su gobierno. Luego fui Secretario General de Naciones Unidas. Cuando volví, Frei me pidió asumir la presidencia del partido y formamos la Alianza Democrática. Después fui al Senado. Es decir, he hecho una carrera política larga, pero no al centro de la política, sino más bien, al sesgo. No he tenido una vocación de escalar en política, sino más bien intelectual.

– Llama la atención, cuando uno va a los orígenes de la Democracia Cristiana, de la cual usted fue Presidente, y se encuentra con la Falange Nacional, de la cual usted fue fundador. Un partido que surge de la juventud que opone su sentido de justicia al continuismo de la estructura social fomentado por el Partido Conservador. Y de ahí nace la Democracia Cristiana, formada por un grupo de gente profesional muy preparada y muy comprometida con el humanismo cristiano. Independiente de la debacle del partido, ¿cree que este patrimonio ético de nuestra política, se puede proyectar hoy en día?

– No, faltan líderes. Falta ideología, el país está invadido por el mercantilismo. La economía ha asumido un lugar protagónico que no le corresponde, no es la razón de ser de la sociedad, sino la historia, la cultura, la geografía. Hay pérdida del liderazgo, y esta es una crisis en toda América Latina.

De la Alianza Democrática, que surge de la Democracia Cristiana, cuando usted la preside, nace la Concertación de Partidos por la Democracia. Usted es una pieza clave en la transición democrática chilena… ¿Cree que ésta quedará inscrita en la historia de la política internacional?

– Absolutamente. Chile tenía fama de ser un país democrático y organizado, y de pronto viene el golpe militar. Eso produjo gran horror en Europa. Chile fue un foco de atención muy grande en el mundo entero. Yo recibí a mucha gente extranjera, que vino para ayudar. A Chile se le exigía un estándar más alto de lo que caímos. Fue motivo de preocupación, mucho más que otros países latinoamericanos a los que se les perdonan muchas cosas. A la transmisión del mando a Aylwin vino mucha gente importante de todo el mundo. El triunfo del plebiscito fue muy celebrado en el mundo entero. El ser capaz de haber salido sin violencia de una dictadura es un gran ejemplo, un gran legado de Chile para el mundo.

Dirigentes economicistas

Su “cepa” aristocrática, cultivada desde la niñez en El Llano – donde se crió en la Viña Subercaseaux, con su abuelo Ramón Subercaseaux – y su pertenencia a una familia de destacados creadores, especialmente en el ámbito de la música (desde su esposa, la cantante lírica y compositora Silvia Soublette; su cuñado, el famoso compositor y Premio Nacional de Música, Alfonso Letelier, hasta su hijo, el director de orquesta Maximiliano Valdés) no impiden a Gabriel Valdés declarar, sin vacilaciones, que los grandes creadores de nuestra cultura han surgido del pueblo y no de las clases dirigentes y acomodadas. Y que las universidades no han asumido la responsabilidad que les corresponde en la cultura.

– ¿Es el pueblo más culto que la clase culta?

– Sí. Mi preocupación es cómo vamos a resistir la globalización con esta vida cultural tan débil que tenemos. Más fuerte es la brasilera, la mexicana, la peruana. Chile es un país indefenso en materia cultural. La preocupación no es reforzar la base productiva de la cultura. El pueblo tiene una fuerza cultural que está oculta. Nuestros grandes artistas han venido de clases populares: Neruda, Mistral, Violeta Parra. Gente que ha hecho una contribución extraordinaria a la cultura universal. Que conocí de cerca. La Mistral vivió en mi casa mucho tiempo, en Italia, y yo fui muy admirador de Violeta. Mucha música compuesta por ella, fue traducida por Gastón Soublette, mi cuñado (hermano de su esposa, Silvia). En niveles dirigentes no se ha dado. Siempre me ha preocupado cómo robustecer la cultura, que es lo único que puede sostener la unidad social. Santiago tiene mucho más extensión que Paris, pero no tiene identidad. Hay una distancia absoluta entre La Cisterna y La Dehesa. Los gobiernos están preocupados de la economía pero no de los valores propios. Aquí la gente no se junta, se construyen muros alrededor de las casas. Hay mucho aislamiento.

– Además del empobrecimiento cultural que han sufrido las ciudades en regiones…

– Es verdad que Chile fue una colonia pobre, no rica como Perú o Ecuador, pero, de todos modos, en el pasado teníamos mucha cultura en las regiones. Talca era una gran ciudad; Concepción, estupenda; La Serena tenía una gran vida. Hoy están bajoneadas. Las mujeres de Talagante hacían cosas extraordinarias, se ha perdido. En mi época Antofagasta tenía mucha importancia por el salitre, y tenía una sociedad extranjera muy activa; Valparaíso era capital, hoy día da pena; Concepción era tanto como Santiago. Una serie de factores, como la concentración de los bancos, de la política, de la prensa, en Santiago, hacen que no se haya alcanzado una unidad, que permita que vivir en provincias sea una opción tan buena como lo es en Francia, en España, en Italia o en Estados Unidos.

– ¿Dónde cree usted que hay que poner el acento de las políticas culturales. En el acceso, la infraestructura, la creación?

– El fomento cultural es muy escaso y no puede hacerse sólo en la exhibición. Hay que estimular la creación. Un buen ejemplo son las Orquestas Juveniles. Luisa Durán de Lagos hizo un gran trabajo. Hay entusiasmo en la juventud y muchos niños y jóvenes que participan.
Hoy no tenemos grandes creadores en la música ni en las artes visuales. Lo mismo pasa en la literatura. Además de que se lee poco. La democratización del país ha avanzado en la autonomía de las personas, pero no es una autonomía enriquecida. La clase dirigente chilena es muy economicista. En Valparaíso no hay teatro, el Municipal de Santiago es muy chico, el de la Universidad de Chile es miserable. De las 60 universidades que hay en Chile, donde se educan economistas, sociólogos, periodistas, sólo dos o tres forman músicos y artistas. Los conservatorios que hay son chicos y los jóvenes que estudian música no saben que hacer. Es importante tener más teatros.

¿Estaría de acuerdo, entonces, en aumentar la infraestructura cultural? Por ejemplo, dicen que el Centro Cultural Gabriela Mistral, en el ex Diego Portales, se orientará a las artes escénicas. Por otro lado, se critica estas grandes inversiones argumentando el poco público que consume cultura. ¿Qué opinión le merece?

– Está muy bien que se construyan espacios para la cultura. Espero que sea bien hecho, hay que tener cuerpos estables. La Universidad de Chile tiene capacidad para alimentar eso. Pero el problema es que las clases dirigentes chilenas no están preocupadas del arte. El Teatro a Mil es extraordinariamente bueno, y ha sido manejado muy inteligentemente por dos o tres personas del mundo privado. La clase dirigente chilena está demasiado preocupada de la economía.

Ley castigada, cultura vulgarizada

Si bien, desde su promulgación, en 1990, la Ley de Donaciones Culturales, más conocida como Ley Valdés, ha sido cada vez más conocida y utilizada por las empresas, su difusión y aplicación es totalmente insuficiente en opinión de su autor. A ello se suma la restricción que provocó en las donaciones la modificación realizada en 2001, que implicó mayor fiscalización a los aportes de las empresas a la cultura acogidos a beneficios tributarios.

– ¿Cómo evalúa el desarrollo que ha tenido la Ley de Donaciones Culturales, llamada Ley Valdés en homenaje a usted?

– Yo traje de Estados Unidos el ejemplo de las donaciones culturales, porque allá todo funciona en base a los privados. Rockefeller es el principal exponente de esto. Yo fui miembro del directorio de la Fundación Rockefeller. Aquí se limitó la ley, no hubo una propaganda adecuada. No se alcanzó a difundir en todos los niveles, en los pueblos chicos, donde los empresarios podrían haber financiado proyectos locales. En 2001, el Ministerio de Hacienda castigó la ley por la actuación de algunas universidades. La restringieron mucho. Son pocas las platas que se mueven. Las mineras son las que más la utilizan, porque están manejadas por extranjeros. Pero nada desde Santiago al sur es financiado por Ley de Donaciones. No es un tema que esté inserto en la sociedad. No se ve que una señora consiga plata con un empresario, grande o pequeño, para comprar un piano. Estamos muy atrasados y muy vulgarizados, basta ver el gran festival chileno, el Festival de Viña del Mar cómo ha ido decayendo.

– ¿Decepcionado?

– Sí, dentro de lo pobre que siempre fue el Festival, había gente como Julio Zegers que hacía música. Hoy es un espectáculo de cosas importadas, que no aporta nada desde el punto de vista cultural. En Francia, en Suecia y en Italia hay muchos festivales de música por todos lados. Mi hijo (el director de orquesta Maximiliano Valdés), no para de ir de un lado a otro. El arte es la expresión de la satisfacción de necesidades humanas y estoy lejos de pensar que estamos satisfaciendo la necesidad espiritual del pueblo de Chile. Los cines disminuyen. La televisión es de las más vulgares del mundo, no aporta al pensamiento, salvo raras excepciones, como Cristian Warnken y otras cosas. En Europa es un instrumento de irradiación, muchos canales no tienen avisos… En general, hay muchos factores que aplastan y pocos que levantan. Los certámenes pictóricos de Valdivia eran muy valiosos, ahora no hay nada; en Osorno no hay teatro. Hay mucha pobreza debido al economicismo.

¿Falta que realmente sea un tema de país para la clase dirigiente, no sólo inscrito en un ministerio de cultura?

– Me di cuenta del valor de la cultura con una experiencia que hice en los años 80. Antes del plebiscito junté a un grupo de amistades, entre los que estaban Nemesio Antúnez, Schlomit Baytelman, Raúl Zurita, Raquel Barros, y los invité a hacer una gira por Chile. No se podía hacer política. En todos los pueblos y ciudades la gente decía “que hable el poeta, que hable el pintor, que salga la actriz y la cantora”. La gente aspira a mucho más de lo que recibe. Este país no está satisfecho en cuanto a la cultura. La gente del pueblo es la que más quiere cultura. Desde el punto de vista urbano se ha perdido mucho. Se han hecho caminos para los autos no para la gente. La conducción política no ha sabido usar el arte como instrumento, salvo algunas personas, que lo han percibido así, como Ricardo Lagos, que hizo bastante en ese sentido.

Bicentenario ecológico

– ¿Qué le parecería importante como iniciativa para celebrar el Bicentenario en 2010?

– Tengo algunas ideas pero no quiero embarcarme a hacerlas yo. Creo que hay que hacer cosas grandes, no iniciativas aisladas, ni tampoco libros de historia, porque nuestra historia no es muy grande, salvo la guerrera, que es estupenda. Es una historia bastante fome. La militar, brillante. Tengo una idea que la consulté y a todo el mundo le parece estupenda, pero nadie la va a hacer. En el mundo entero estamos preocupados del medio ambiente, del aire, de los recursos. Mi idea es que cada chileno plante un árbol. Pregunté y hay árboles. En un año se pueden producir arbolitos suficientes. Si los bomberos, los carabineros, los estudiantes, los jóvenes, todo el mundo se organiza, busca un lugar y, durante dos días, todo el país se paraliza sólo para plantar árboles, daríamos un ejemplo en el mundo de que realmente somos un país al cual le importa la tierra, el ambiente, la naturaleza. Sería grandioso.

Hay muchas cositas chicas. Yo estoy en la Comisión Bicentenario, me llegan papeles, pero ninguno importante. Hay que hacer algo que remezca desde el interior, como remeció al país el plebiscito, que fue gratis y espectacular. Después de eso no se han hecho cosas grandes. Este país está muy achicado. El gran broche es el Festival, donde vienen unos extranjeros que zapatean y hacen unas contorsiones raras… La gente brama de felicidad, pero no queda nada, porque no hay creación chilena, en su época había música chilena. No hay gente de poder, empresarios, ministros que se junten para ver qué hacer. Cada uno está en su negocio, y más en momentos de crisis. No tengo mucha confianza en el Bicentenario. Las Fuerzas Armadas podrían hacer algo grande. Si juntáramos todos los valores que tiene Chile podríamos hacer una cosa muy grande, muy valiosa. Más que construcciones físicas, es una actitud de la gente, juntar a la gente: la de arriba con la de abajo, las de distintas provincias, más allá del fútbol.

Arraigo europeo

– Hablemos de familia y de memorias. Su abuelo, Ramón Subercaseaux, al igual que usted lo está haciendo ahora, redactó unas memorias repletas de interesantes experiencias, encuentros y viajes. Su madre, Blanca, escribió la vida de su abuela, Amalia Errázuriz.

– Mi abuelo, que era embajador, viajó 29 veces a Europa. Estuvo dos años y medio completos arriba de un barco y escribió las memorias de sus 80 años. Mi mamá tenía muy buena pluma y escribió varios libros, entre ellos la historia de mi abuela, que era muy religiosa, muy severa, muy antigua. La familia Errázuriz se dividió en una rama laica, la de Federico Errázuriz, y otra católica, de donde salió el arzobispo, Maximiano y otros. Se tomaban las cosas muy en serio, ahora nadie se toma nada en serio.

Este arraigo tan grande con Europa, antes de la Guerra, en un momento de tanta esfervescencia creativa, debe explicar la importancia que tiene la cultura en la familia…

– Sí. Era una familia muy europea. Mi padre era ingeniero, y estudió en Europa. El era muy culto, y muy músico: tocaba el cello y el órgano. La música y la pintura eran muy importantes en la casa. Yo fui el menos músico. Era una época de mucha vida cultural en Europa, que era muy cercana a nosotros. Había mucha influencia en Chile, en la moda, en la música. Y esa vinculación fue muy fructífera para el arte, para la Escuela de Bellas Artes, por ejemplo. Después nos desvinculamos y nos ligamos a Estados Unidos, que aporta tecnología pero de cultura, nada. A pesar de estar muy lejos, Europa estaba muy cerca. Muchas familias se educaron allá. Por ejemplo, los Larraín García Moreno, que eran amigos míos. A Sergio Larraín (fallecido Premio Nacional de Arquitectura, Fundador del Museo Chileno de Arte Precolombino y ex Embajador de Chile en Perú) yo se lo propuse a Frei para la embajada en Perú. El era un líder cultural. Era un hombre de mucha riqueza intelectual. Nunca fue político.

– ¿Qué le gustaría transmitir con sus memorias? ¿Qué le gustaría que el lector sintiera?

– ¡Qué vida tan entretenida! Eso me gustaría: que fueran unas memorias entretenidas. He tenido una vida llena: fui campeón de tenis, de gimnasia, fui scout, hice viajes, todo lo imaginable. Y me gustaría transmitir fidelidad a ciertos principios y valores, que son los religiosos y los artísticos. Una devoción a la cultura y al arte, que sostiene por encima de las realidades de la vida. La cultura es una ventana para mirar al cielo, con los pies en la tierra. La cultura es la comunicación entre el cielo y la tierra. La libertad es el elemento fundamental del ser humano, su primera cualidad, lo que nos separa de los animales, la libertad de pensamiento y de acción. La destinación superior de esa libertad, eso de mirar hacia el cielo, a mí me ha inspirado mucho. Si pudiera, feliz viviría cien años más. Siempre encuentro gente de gran altura. Y siento que se abre un gran potencial de libertad que no se está aprovechando…