Construcciones de la memoria: CIUDADES VANDALIZADAS, crónica de Patricio Gross

Por Patricio Gross, arquitecto, socio de la Corporación Patrimonio Cultural de Chile

 

Los sucesos que hemos vivido en nuestro país, especialmente después del 18-O de 2019, en que junto al llamado “estallido social” -cuyas causas podríamos entender-, se dio un “estallido vandálico” de proporciones pocas veces vista y, para la gran mayoría del país incomprensible e inaceptable.

Se destruyeron calles y avenidas, barrios y plazas, edificios y viviendas -soportes de las barbaries pintarrajeadas que hasta hoy nos hacen enmudecer – paralizando el normal funcionamiento de las ciudades, su movilidad, su actividad económica, sembrando el miedo y dejando una lamentable cifra de heridos y muertos. Junto a lo anterior, podemos además destacar cómo ello ha afectado principalmente a pequeños y medianos negocios, así como al ciudadano común y muchas veces al sector más carenciado.

Lo anterior no ha sido un fenómeno único ni aislado, pues hemos visto cómo en el resto del mundo también ha habido manifestaciones que marcan un padrón universal de descontento y violencia, aunque no siempre con el grado de destrucción que se observa en varios lugares de nuestro país.
En particular, en las ciudades de Santiago y Valparaíso, el deterioro de nuestros centros históricos junto a su valioso patrimonio representa un retroceso doloroso difícil de recuperar, más aún después de tantos años de esfuerzo por cuidarlos, embellecerlos y atraer a ellos a ciudadanos y actividades públicas y privadas.

Frente a ello, creo que se vuelve necesario tratar de comprender, al menos en parte, las causas que motivan estos hechos, no solo para los directamente afectados sino que también para la inmensa mayoría de los chilenos. Pensando que al tratar de identificar y abordar actitudes y motivaciones en las personas -como las que aquí describo-, pudiésemos lograr algunas respuestas y acciones que permitan encauzar de otra forma las legítimas manifestaciones públicas de la ciudadanía, me surgen las siguientes reflexiones:

1. Convicción de que la violencia es la herramienta para destruir y cambiar radicalmente el sistema socio-político del país. (Dimensión política)
2. Manifestación exterior que permite descargar la rabia y odiosidad por lo que no tengo ni la sociedad me ha dado la oportunidad de lograrlo. (Dimensión social)
3. Atracción innata por la destrucción irracional, sin freno ni límites, proporcionando una cuota de satisfacción irreprimible. (Dimensión psicológica)
4. Fuente de ingresos por saqueo y/o por pago de terceros interesados en la destrucción de lo existente por diversas razones. (Dimensión económica)
5. Demostración de arrojo y poder destructivo, junto con entretención frente al aburrimiento y sin sentido de la vida, sintiendo que no se arriesga nada, en cambio se alcanza el reconocimiento de los pares. (Dimensión existencial)

A lo anterior agregaría una cita reciente de José Joaquín Brunner que señala: “Hay un estado anómico (sin normas en nuestra sociedad), un desorden de base, que se expresa, entre otros, por comportamientos violentos, incluso en la esfera educacional. El profesor, cuando ya no es autoridad y renuncia a ejercer su rol magisterial, no puede cumplir su función de educación moral.”

Las consideraciones anteriores no deben de ningún modo inhibir la preocupación ni la decidida actuación por parte del Estado para imponer y mantener el orden público por todos los medios legítimos a su alcance, sin perjuicio de tener presente, además, las causas de vandalización de nuestros edificios, espacios públicos y medios de transporte que hemos intentado identificar.

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Fuente alemana de Santiago
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Las iglesias tampoco se han salvado de ser quemadas y destruidas
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Kilos de escombros bloquearon la entrada al Metro Baquedano por varios meses
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El monumento a la solidaridad ubicado en Valparaíso también sufrió graves daños e incluso el alcalde consideró su retiro del lugar
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